50 años de neoliberalismo

El espíritu autoritario de nuestro tiempo

11/09/23   Tiempo de lectura: 11 min

La sociedad liberal se desmarca del autoritarismo y lo observa como algo que existe sólo en lugares distantes. Con ello, ella misma se convierte en un fundamento de la catástrofe.

Por Mario Neumann

Si Augusto Pinochet aún viviera, probablemente estaría muy contento al observar el estado del mundo, en un momento en que se cumplen 50 años del golpe de estado en Chile. Sobre todo en lo que respecta a las masas, la situación es envidiable: en su época, necesitó de la ayuda del ejército y de la CIA para poder derrocar a un gobierno socialista y a una sociedad consciente; hoy en día, líderes autoritarios en buena parte del mundo pueden fiarse de las mayorías políticas o saben, al menos, que las tienen al alcance de su mano. Esto no sólo ocurre en Chile.

Hace tiempo que el peligro autoritario no viene sólo desde arriba; esto es quizás lo más amenazante de lo que acontece desde hace algunos años en muchos países y regiones del mundo. Existe un distanciamiento imperante frente a las instituciones de una cultura política a menudo burguesa que no fomenta alternativas sociales, sino que se moviliza contra ellas, utilizando el resentimiento como su motor. No puede caber duda alguna de que lo que ahí se está consolidando es la base potencial para un nuevo fascismo.

A reserva de todas las diferencias, se trata de un fenómeno global que conecta al Occidente con el Oriente. No sólo Rusia e India tienen gobiernos autoritarios: Italia tiene un gobierno de derecha en el que muchos fascistas reconocidos ocupan cargos; Francia se encuentra en vísperas de Le Pen; en Estados Unidos pudo evitarse –hasta ahora– un segundo mandato de Donald Trump con márgenes muy cerrados. Entretanto, en Alemania el AfD se ha posicionado a su vez como primera fuerza política en varias regiones y se está consolidando en todo el país como un “partido del pueblo”. Tanto en el Este alemán como de Europa, se vive una situación social dramática: mientras que en los medios sigue orquestándose el envío de armas a Ucrania para la defensa de la libertad y la democracia, un silencio apabullante reina en torno a las “zonas nacionales liberadas”, ubicadas frente a nuestro propio patio.

Liberalismo autoritario

Mientras que, desde el inicio de la guerra en Ucrania, el neoliberalismo de corte occidental se escenifica con renovado impulso como un liberalismo basado en valores y se presenta como la contraparte geopolítica del autoritarismo característico de Oriente, la teoría política ha caracterizado los procesos ocurridos en Chile hace 50 años como un “liberalismo autoritario”. Esto no sólo es una coincidencia idiomática: la imposición del neoliberalismo y la transición planeada de la dictadura hacia una democracia neoliberal tenían su base en un Estado fuerte, cuyas fuerzas políticas estaban constituidas por el ejército y la policía. Durante el golpe, estas barrieron con las fuerzas del contrapoder social: la izquierda, los sindicatos, las instituciones del Estado social, así como prácticamente todos los movimientos populares restantes. La eliminación de estos recursos de poder de una población caracterizada por las élites como una “sociedad ingobernable”, sentó de manera violenta las bases sobre la que se estableció después el modelo de la libertad neoliberal de la economía y de la existencia privada.

El desempoderamiento de la sociedad y de lo común, que trae como consecuencia el hecho de que la vida se desenvuelva casi exclusivamente bajo el comando del capital y a través de sujetos privados atomizados, constituyó la consecuencia principal del modelo neoliberal de sociedad impuesto a través del poder y la violencia. La desarticulación política de la gente precede a este paraíso de trabajo, consumo y goce privado. Hoy en día vale la pena recordarlo: al inicio de la guerra de agresión de Rusia, estuve con algun@s colegas de medico en Chile. Cuando les pregunté su opinión sobre el desafío geopolítico emergente, en el que Occidente liberal se defiende frente a un Oriente autoritario, ell@s respondieron claro y conciso: “En Chile ese no es un problema, aquí coexisten ambos”. Liberalismo y autoritarismo son los ingredientes del neoliberalismo.

Comprender la rebelión de derecha

Ya sea el asalto al Capitolio, Pegida o el bolsonarismo: la relación entre autoritarismo y liberalismo sigue siendo clave, también para comprender las revueltas autoritarias y de derecha. Aquí en Alemania, sin embargo, el debate al respecto no sólo es notablemente superficial, sino que, desde el comienzo de la guerra en Ucrania, se lleva a cabo de manera marginal, pues no encaja en la nueva repartición de roles geopolíticos. Erich Fromm describió esto en alguna ocasión como una proyección política: “una característica esencial del pensamiento proyectivo es la proyección del mal que llevamos dentro de nosotros sobre una figura externa, de modo que esta se convierte en la encarnación absoluta del mal, mientras que nosotros conservamos una bondad y una pureza absolutas. Este mecanismo de proyección es, por lo general, eficaz durante las guerras”.

La situación geopolítica, así como la nueva evocación del liberalismo –ahora con el prefijo “neo”– difícilmente pueden ocultar el hecho de que, nuevamente, se trata de un proyecto destinado al fracaso. Y no por vez primera: en 1944, Hannah Arendt escribió un ensayo sobre la base de masas del fascismo. Ya en aquel tiempo, ella identificaba el seno de esta base no simplemente en hordas barbáricas, sino en el “burgués” liberado de sus ataduras. Según su análisis, no sería ni Hitler ni Göring, sino Himmler, quien representaría el prototipo sociológico de la crueldad; para ella, este último representa una versión del carácter burgués que se halla apartado de cualquier relación con el mundo y sólo se ve comprometido a perseguir intereses familiares y privados. Para Arendt, Alemania representaba una cuna predilecta para este carácter. Su explicación de ello no era que, por ejemplo, en este país los niveles de brutalidad y de fanatismo fueran enormes; por el contrario, ella lo atribuía más bien al papel tan importante de lo privado y al notable subdesarrollo de lo público en términos históricos.

Por tanto, no habría sido el fanatismo político, sino el egoísmo y el distanciamiento del mundo, los que crearon la base de masas de los nazis. Según Arendt, “detrás de la arrogancia chovinista de la ‘lealtad’ y el ‘valor’ se esconde una funesta propensión al engaño y a la traición con fines oportunistas”. En aquel entonces, un@ se encontraba más a la altura de nuestros tiempos que hoy en día; la cuestión de qué es lo que puede transformar lo burgués en autoritario, así como de qué tan rápido queda superada esa distancia sólo en apariencia insuperable, ocupaba con toda razón un lugar central. La frase de Max Horkheimer “quien no quiera hablar sobre capitalismo debería callar también sobre el fascismo” también va en esa misma dirección. ¿Pero qué es lo que puede significar en la actualidad? Por lo menos, tal vez, que la rebelión de derecha también es una expresión de una subjetividad neoliberal que simplemente ya no cree en las promesas realizadas y ahora se torna en contra de ellas, en contra de “l@s de arriba”, por l@s que se siente defraudada.

Soberanismo y auto-desempoderamiento

Sin embargo, no sirve de nada enfrentar esta revuelta autoritaria con un espíritu burgués mejorado. ¿Existe todavía un mundo en común o cada quién se ocupa ya únicamente de sí mism@? Esta pregunta también debe planteársela el centro, que sólo en su mismo entorno puede presentar su modo de vida y saturación como el resultado de un modelo de vida basado en valores y que debe ser defendido frente al mal; a los ojos de l@s demás, se trata simple y sencillamente de la defensa de un mundo para ell@s inaccesible. Y a veces da la impresión de que este equipamiento moral está pensado no tanto para pelear por derechos, sino más bien para evitar tener que cambiar realmente algo en los propios hábitos y convicciones.

Y aquí comienza otro problema, a saber: el del autoritarismo del centro, con el que este reacciona a la rebelión de derecha. Este no sólo pasa por alto su propia responsabilidad en el surgimiento de las nuevas derechas, sino también su propio autoritarismo. Basta con recordar la pandemia de COVID-19, en cierto sentido un punto de inflexión: la rebelión autoritaria de un@s siguió la apelación autoritaria de orden y seguridad por parte de otr@s. Si bien es cierto que este autoritarismo viene acompañado de una voz suave porque dispone del poder del más fuerte, hacía mucho que no revestía un blindaje tan coercitivo como hoy en día. Ya en el mundo de la pandemia era evidente un giro autoritario al interior de los círculos liberales, como ha señalado, entre otr@s, el médico Karl-Heinz Roth. Incluso para partes de la sociedad civil parecía no haber ninguna fuerza social aparte de los Estados nacionales y la autoridad de su gobierno, sus dirigentes y sus fuerzas del orden.

Con la transición hacia la guerra en Ucrania y al primado de la geopolítica, este soberanismo y el auto-desempoderamiento mental de la población siguen ampliándose de manera ininterrumpida. De repente, la lucha por libertad y democracia se libra en alianza con nacionalistas, ejércitos y consorcios armamentistas y esto ocurre, por cierto, no a partir de la desesperación, sino de un fervor convencido. Un@ podría considerar esta lucha como algo inevitable; sin embargo, cargarla de un sentimentalismo patético para así cubrirla con un velo de inocencia, en lugar de concebirla en toda su crueldad, quizás traerá consigo consecuencias imperdonables. La más evidente en este momento es un reporte publicado recientemente en el New York Times, que habla de 500 mil muert@s y herid@s a consecuencia de la agresión rusa en Ucrania. Liberen a los leopardos. “Para mí se trata de la indiferencia con respecto a la vida, así como de la brutalización del ser humano, que no ha hecho sino aumentar desde la primera guerra mundial”, expresó Erich Fromm en otro de sus escritos.

En rumbo hacia tiempos sombríos

No todo mundo predica la brutalización y la militarización, sin embargo, estas se presentan como algo cada vez más inevitable. Por esta razón, entre otras, resulta urgentemente imprescindible comprender esta avasalladora dinámica autoritaria, que no sólo ha capturado espectros políticos, sino a sociedades enteras. Es necesario no minimizar todo esto como un simple fenómeno superficial o como un síntoma y entenderlo en toda su profundidad y su dinámica propia. En un mundo lleno de guerras y catástrofes, no sólo amenaza el desastre ambiental, sino también el colapso mental. El antifascismo, entendido como una conciencia seria frente a este desarrollo amenazante, no es la única, pero sí una necesidad central del momento.

La marcha triunfal del neoliberalismo se configura como una derrota política de todas las fuerzas sociales con un mensaje subjetivo y las consecuencias sociales contenidas en él. El final provisional de lo imaginario y lo utópico, el fin de todos los sueños, la dictadura de lo real, de lo factible, representan la triste prisión en la que tod@s nos encontramos cautiv@s: un programa social y político para deshacer todo lo comunitario y dejar en pie sólo al individuo, arrojado a su suerte frente al mercado y sus instituciones. Contra ello, los valores no sirven de ayuda.

Hannah Arendt cierra su ensayo diciendo que la humanidad es una verdadera carga para el ser humano; creer en ella resulta mucho más difícil que la adhesión a políticas nacionales e imperialistas. ¿Cómo puede pensarse un antifascismo global teniendo las manos vacías? “Esta vergüenza compartida hoy en día por muchas personas de las más diversas nacionalidades es lo único que parece quedar de la solidaridad internacional y, hasta el día de hoy, no ha sido en modo alguno productiva desde el punto de vista político”. Con ello, posiblemente Arendt hacía referencia, ni más ni menos, a la negativa a integrarse en aquellos colectivos y lógicas cuyo destino previsible es el campo de batalla y la guerra civil.

Mario Neumann es el redactor jefe del boletín trimestral de medico y responsable de las relaciones públicas en Sudamérica y Líbano.

Traducción: Benjamín Cortés


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